lundi 2 juin 2014

Pio XII

F,P,D Univers.  PIO XII  seccion 13

NOTA DEL EDITOR.- Jesús Martí Ballester fue el primer cura que se acercó a Betania en sus primeros meses de vida y dijo que apreciaba en ella la cercanía del Espíritu Santo. Fue, asimismo, el primer autor de homilías. Y, finalmente, se especializó en Reportajes. Cuando comenzó a escribir en Betania –ya hace 16 años—era un escritor religioso de éxito. Entre otras cosas, había tenido la sana ocurrencia de “traducir” al castellano contemporáneo y asequible los textos de los grandes místicos contemporáneos y, especialmente, de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz. Pero esas adaptaciones al lenguaje moderno eran además auténticas ediciones críticas pues sus notas a pie de página añadían a su trabajo la fuerza del erudito. Ciertamente, algunas de sus libros y entre ellos su monumental obra sobre el beato Juan Pablo II tuvo su publicación previa en Betania, así como otras muchas como los comentarios a la Suma Teológica de Santo Tomas de Aquino. Ahora el padre Jesús Martí Ballester decidió emprender una biografía del Papa Pacelli, de Pio XII, y se ha venido publicando en Betania en una serie llamada “Apuntes para una Biografía de Pio XII”, que, hoy, con un capítulo doble entra en su entrega número 13. Pero, por el medio, la renuncia de Benedicto XVI, impulsa a Martí Ballester a escribir un amplio y bello razonamiento de causas y condiciones de su nuevo trabajo, que, sin duda, tiene toda la factura de un futuro prólogo. Nos parece que todo ello es de una importancia mayúscula y de mucho interés para nuestros lectores. En cualquiera de los casos no queremos pasar ni un minuto más para agradecer a don Jesús Martí Ballester su esfuerzo personal y su repetida y ampliada confianza en Betania.

1.- A un Papa nuevo voy ofrecer un libro nuevo
Por Jesús Martí Ballester
En el principio me pareció muy útil el trabajo. Se trataba de poner en luz a un Pontífice de la Iglesia, que con su enorme autoridad consiguió poderla gobernar y lo consiguió porque tuvo cerradas todas las puertas e incluso las ventanas, pero no pudo impedir al más mínimo soplo que entrase por una de tantas rendijas en la Iglesia, el humo de Satanás. Y son tantas…El Concilio del Beato Juan XXIII abrió no sólo las ventanas sino dejó abiertas las puertas y ya no fue el humo de Satanás, sino “tuta Chiesa e inficionada” que provocó el llanto de Pablo VI. La Iglesia entera se había infectado con las ventanas abiertas y las puertas abiertas de par en par “etiam spalancate”, del Beato Juan Pablo II Magno. Yo venía entrenado en el estudio de aquel otro supremo pontífice, que me permitieron escribir con dos libros sobre él: titulados Juan Pablo II, “Luchador de raza” 1 y 2 volúmenes. Y había salido airoso en el intento. El primer tomo ha sido recensionado en estas páginas por el Director de Betania, Ángel Gómez Escorial con unos auspicios tan halagadores, como es su proverbial y estimulante cordialidad.

GEORGE WEIGEL

No me había superado la tarea, pero aquella era más homogénea. En estas estaba cuando me llega un artículo de George Weigel que habla de la necesidad de la Iglesia, de que: «Se necesita un Papa capaz de soportar las heridas sin ser destruido por ellas» El escritor y politólogo estadounidense George Weigel es uno de los intelectuales católicos más reconocidos en todo el mundo. Autor del bestseller sobre la vida de Juan Pablo II "Testigo de esperanza" y de obras como "El coraje de ser católico" o "La elección de Dios: Benedicto XVI y el futuro de la Iglesia Católica" donde predecía un mundo de profundos cambios, y afronta el horizonte del nuevo papado y explica cuáles son las claves del futuro de la Iglesia. Dice que en una reciente entrevista al National Catholic Register, reflexiona sobre la renuncia de Benedicto XVI y el significado de su gesto para la Iglesia del siglo XXI: “Benedicto XVI no ha renunciado a la silla de Pedro porque no pudiera soportarlo más. Ha renunciado porque juzgó, en conciencia, que no podía dar a la Iglesia el liderazgo que esta necesitaba y merecía, debido a la mengua de sus fuerzas. Eso es un acto de abajamiento y humildad, no una concesión al agotamiento”. La idea de su renuncia le ha llegado de Dios, como ha manifestado con verdad y entereza él tan radical de la verdad de quien se hizo cooperador de ella.
A continuación traza el perfil espiritual del nuevo Papa: “Si de un papa se espera, durante la mayor parte de su pontificado, que esté presente para la Iglesia de todo el mundo, entonces quizá lo mejor es comenzar un pontificado con un hombre que sea físicamente vigoroso para poder enfrentarse a esta enorme carga. Pero creo que la cuestión más profunda aquí no es la “programación”, sino la carga espiritual del papado. Asegura que los Papas saben demasiado de los dolores del mundo, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos. Se necesita un hombre de gran fuerza espiritual para soportar esas heridas sin ser destruido por ellas”.
Y señala los aspectos que son deseables en el Papa que venga: "Al llevar la carga física y espiritual, también se necesita un hombre que sepa cómo juzgar a las personas, para obtener la ayuda adecuada, delegar la responsabilidad y renovar sus propios recursos intelectuales y espirituales. Esto último funcionará de modo diferente según los papas.", afirma el escritor. Según Weigel, la disposición adecuada para un candidato digno sería una doctrina radical y la profunda amistad con Jesucristo, demostrada en la apertura a la voluntad de Dios y se complementa con un conocimiento muy agudo de sus fortalezas y debilidades. "confiada y recia ortodoxia y humildad” (y, si es posible, el buen humor)".

EL CANDIDATO ADECUADO

El candidato adecuado debe poseer el "don de la cooperación con Dios", una capacidad que explica así: "un hombre de apertura instintiva de la presencia divina, una sintonía instintiva a lo que Dios quiere de mí ahora, y el coraje de seguirle a donde quiera que Dios le envíe, como el Señor le dijo a Pedro tras hacer la triple profesión de amor". Trabajar en la reconversión de un Occidente “espiritualmente aburrido”. El próximo Papa "debe tener una fuerte experiencia personal de la Iglesia mundial, una amplia gama de amistades entre la gente de la Iglesia en todo el mundo y una extensa capacidad de lectura. En el trato con el Occidente post-cristiano, por ejemplo, sería importante para un futuro Papa que haya demostrado su capacidad para responder a los desafíos del secularismo agresivo a fin de crear espacios para la propuesta católica. Tiene que tener presente que un Papa que no sea un feliz trabajador en las batallas de la cultura tendrá un grave obstáculo en su misión evangélica en el mundo del Atlántico Norte”.
Sostiene Weigel que la nacionalidad del próximo Papa es irrelevante y se muestra optimista a la hora de pensar en un posible Papa no europeo, incluso norteamericano. "El mundo ha cambiado, América ha cambiado y también lo han hecho las posibilidades de un Papa que llegue desde la más vital y vibrante parte de la Iglesia en el mundo desarrollado", asegura. Y pone un ejemplo, recordando la figura del Papa que vino de Polonia: "Juan Pablo II fue un factor crucial en la revolución de 1989 en Europa Central y del Este. Sin embargo, su apertura a otras nacionalidades y culturas fue un factor más decisivo en su capacidad de ser un padre para el mundo entero -si bien es cierto que aprendió a ser un sacerdote "padre" con sus jóvenes amigos.

EL PELIGRO DE UNA CURIA DE "ARRIBISTAS"

A la pregunta de si la reforma de la Curia se estancó en el pontificado de Benedicto XVI, impidiendo el impacto necesario, y de si sería necesaria una nueva reforma, Weigel responde: "Toda la estructura tiene que ser reevaluada. Pero lo primero que hace falta es un cambio de actitud y comprensión. La Curia no puede estar dominada por arribistas.
Termina Weigel trazando el perfil del hombre por el cual todos los católicos debemos rezar: "Un hombre cuyo discipulado sea tan transparente que sea capaz, simplemente por ser él mismo, de hacer más profunda la fe de sus hermanos y de invitar a otros a ser amigos de Jesucristo; que sea la respuesta a esa pregunta que supone cada vida humana".
VÉRTIGO DEL PONTIFICADO DE PIO XII
El estudio de Pio XII me produce vértigo. No era un exagerado él cuando se escapó en pleno cónclave huyendo de la capilla Sixtina que le había elegido Papa en un gesto inaudito. Se trataba de escapar de una tarea azarosísima. Pese a sus cualidades de diplomático mayúsculo avizoraba que se quedaría corto. ¿Podía él abrir el horizonte de los años? Dos guerras mundiales casi simultáneas. Ataque a Polonia, Francia y Alemania, Estados Unidos y Gran Bretaña, Italia y Rusia y las naciones intermedias… y Japón, cuyo final en Pearl Harbor finalizará la guerra ¿Cómo podrá sembrar la paz en todo el orbe? ¿El Reino de Cristo entre toda la algarabía de los errores y herejías? Y sobre todo, el infierno bramando. Pio XII llegó a exorcizar a Hitler en su capilla papal, reunido con las monjas de su servicio, porque tenía la convicción de que estaba endemoniado. Eso entreveía Pío XII… ¿y yo en mi pobre estudio podré enhebrar todos los cabos, estudiar todas las situaciones, encontrar la luz donde tantas tinieblas la ciegan? ¡Veni, Sancte Spiritus! Parece que el Señor me ha ido iluminando en el transcurrir de los días y vamos avanzando y dando por terminado lo que parecía un sueño infantil.

JUAN MANUEL DE PRADA VIENE EN MI AUXILIO

Pero, ¿qué tendría que hacer el Papa que saldrá del próximo cónclave, a la luz de los puntos de crisis que se ha tratado de indicar? Nosotros no somos Hans Küng que, desde hace décadas se ha nominado anti-papa y que, en una entrevista durante estos días, rayaba lo grotesco: alababa la renovación de la Iglesia, quería que los ancianos desaparecieran del mapa, decía que su colega Ratzinger había esperado demasiado para irse. No recordaba al lector que, sin embargo, con sus 85 años, es coetáneo de Benedicto XVI (apenas unos pocos meses menos), y aun así no parece querer dejar los encargos adquiridos. «¿Qué espera del próximo Cónclave?». Respuesta que, por desgracia, suena así: «El Cónclave podrá dar un impulso sólo si los cardenales aceptasen el análisis expuesto en mi libro Salvemos la Iglesia».
Porque, como ya se sabe, en una perspectiva de fe es el Espíritu Santo quien inspira a los electores en la Sixtina, y el Paráclito tendrá que darse prisa: es necesario hacerse con dicho libro y estudiárselo bien para encauzar a los cardenales no como Dios manda, sino como el profesor Küng manda. El Espíritu, en el Cónclave, no es más que un transmisor del Mensaje redentor, el que está sobre las mesas de bronce, con incisiones en caracteres góticos, de Salvemos la Iglesia, escrito por aquel a quien le fue prohibido llamarse «teólogo católico».
“Mi programa es no tener programas”. Analizando las cosas con menos seriedad, nosotros creemos que la Iglesia, el Cuerpo mismo de Cristo, Su propiedad exclusiva, está ya salvada, sin necesidad de nuestros análisis y nuestros libros que, más bien, corren el riesgo de almidonar la abundancia de vida del Evangelio en un esquema ideológico muerto. «Mi programa es no tener programas», dijo Benedicto XVI en su discurso de inicio del Pontificado en su Cátedra de san Juan de Letrán, su Catedral..
Si es lícito, sin embargo, un auspicio, es el de que el Papa que saldrá del próximo Cónclave asuma como prioritario un compromiso. Aquel que me resumió, en una entrevista que hizo mucho ruido que tuvo mucho eco, Hans Urs von Balthasar, uno de los mayores teólogos del siglo pasado, que no llegó a cardenal por su improvisada muerte, que le impidió recibir el capelo. Me dijo: «Tout d’abord, il faut remettre le christianisme debout», por encima de todo, es necesario poner el cristianismo en pie. Es decir, es necesario, volver a ponerlo derecho sobre la base en la roca de la fe: una fe firme, como fuente originaria y primaria, de la que todo derive. De este modo, continua con el trabajo de quien deja ahora el pontificado.
En efecto, la herencia más significativa que Benedicto XVI nos deja es la del Año de la fe, para el que nos ha dado también el texto de referencia: aquellos tres libros, aparentemente divulgativos, en realidad calibrados palabra por palabra, fruto de una vida entera de reflexión, que nos muestran como Jesús es el protagonista de una historia verdadera, no de un oscuro mito judaico-helenístico. Como docente primero y después obispo, más tarde como Prefecto de la Doctrina de la Fe, y finalmente como Papa, Joseph Ratzinger ha querido siempre y solamente darnos testimonio de que tomar en serio los Evangelios, apostar nuestra vida y nuestra muerte a su autenticidad es todavía posible, no es ingenuidad o carencia de información. Creer que Jesús es realmente Cristo puede hacerlo también el especialista más informado, más astuto (como Ratzinger) en cuanto a la exégesis y a la teología más reciente. En definitiva, para decirlo rápidamente: confirmar al pueblo de Dios que le chrétien n’est pas un crétin (el cristiano no es un cretino, N. de la T.). Ha escrito en el texto con el que convocó el Año de la fe: «Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común».
Pues bien —aún convencidos de que la decisión de la Sixtina será de todos modos la mejor si los venerados electores se consideran sólo los instrumentos de Alguien que está por encima de ellos—, nuestro auspicio es para un Papa consciente de que la Iglesia no tiene más que un problema: confirmarse y confirmarnos en la fe, volver a recitar el Credo con convicción, reforzar (también con el redescubrimiento de una apologética adecuada) las razones para creer.
El resto surgirá por sí mismo y muchos puntos de conflicto se desharán. La única y verdadera crisis eclesial ha consistido, en estos decenios, en el debilitamiento de la certeza en la Esperanza que el Evangelio nos anuncia. El Papa Ratzinger era bien consciente, igual que lo era el Papa Wojtyla. La esperanza es que su Sucesor, sea quien sea, esté igualmente convencido de ello.

2.- Apuntes para una biografía de Pio XII (13)
Por Jesús Martí Ballester

1.- LA CIUDAD MISTICA DEL VATICANO
Hasta el presente día la gloria temporal del Vaticano ha mantenido su trayectoria universal. Aunque sea, geográficamente, el Estado soberano más pequeño de la Tierra, con una superficie de unos 2 km, más o menos, su comunidad católica de casi 1.196 millones de fieles a la fecha, extendida por el mundo entero, es mayor que las poblaciones juntas de los Estados Unidos y la Rusia soviética. El Vaticano no tiene Ejército, pero su pintoresca Guardia Suiza porta armas y patrulla permanentemente por el territorio papal.
Tal como los orígenes de la propia Iglesia, el comienzo de Pascualina en el Vaticano fue cualquier cosa menos propicio. Aunque hubiese regido durante años las fastuosas residencias de Pacelli en Múnich y Berlín, una función muy aventajada para una monja, fue lo bastante realista para comprender que no se le confiaría un puesto de tanta autoridad en el Vaticano.
A decir verdad se creyó muy afortunada con poder ser una sirvienta sencilla, humilde, en el palacio papal. La monja se hizo cargo también de que debería permanecer en el Vaticano sin violentar a Pacelli, y alojarse con los sirvientes a espaldas del palacio y con varias plantas de distancias entre ella y su querido prelado “para evitar impresiones erróneas que pudiesen suscitar habladurías”, como lo expresaría más adelante.
Mientras los grandes y poderosos de la Iglesia iban y venían, ella permanecía en el fogón durante horas, cocinando o desmenuzando y mezclando alimentos. Cuando no estaba atareada en la cocina, Pascualina se retiraba a su minúsculo aposento para meditar u orar. Pío XI era un anfitrión tan pródigo como fuera Pacelli en la Nunciatura de Berlín, pero aquí la monja no tenía el cometido de servir a los invitados ni representaba el menor papel en los usos de hospitalidad, como en la residencia alemana.
Cuantas más semanas transcurrieron tanto más decepcionó el Papado a la monja, para quien la religión significaba compasión sencillez y amor. Lo vio como un mundo extraño de hombres con valores temporales pavoneándose por todas partes con sus esplendorosos ropajes. La santa Sede y la jerarquía le parecieron ajenas a su vida de pobreza, castidad y obediencia, vida evangélica.
Para una persona cuya memoria mantenía vivo el recuerdo de la penosa vida campesina, el Vaticano pareció templo de oro macizo más bien que de Cristo. “No es extraño –pensaba Pascualina al cabo de los primeros días-, que Mussolini se haya aliado con un socio semejante al parecer.”

FRIALDAD DELIBERADA

Los prelados residentes en el Palacio le mostraban una frialdad deliberada para hacerle ver que debía guardar las distancias. Esos aires de superioridad resultaban ultrajantes, pero Pascualina, como monja bien adiestrada, los aceptaba sumisa y valerosamente. Allí no había sonrisas leves, ni saludos amigables, ni la menor muestra de calor humano… por ninguna de las dos partes.
Apenas había un momento en que no sintiera serios recelos. El Vaticano era un mundo compacto de supremacía y prejuicios masculinos, y Pascualina se preguntaba cavilosa si se la llegaría a tolerar algún día. Por otra parte, ¿le sería posible soportar una sociedad de sacerdotes y prelados?. Sus temores parecían tener fundamento, pues un día, transcurridas pocas semanas desde su llegada, Pascualina se ausentó un momento de la cocina palatina para contemplar una obra maestra de Rafael, expuesta en un corredor cercano y muy tranquilo. Pero acertó a pasar por allí un grupo de cardenales cuyos rostros estupefactos ante el escandaloso espectáculo de una monja vagando tranquilamente por el Palacio, la hicieron salir corriendo a buscar refugio. Por aquellos días, Pacelli le aportaba escaso consuelo. Como Secretario de Estado, el prelado cuidaba con suma meticulosidad su imagen pura y sublime, de modo que se distanciaba cuanto podía de Pascualina. ¿Era Spellman, el fiable amigo donde ella comprobaba que estaba a todas luces fuera de lugar?
Sus temores parecían tener fundamento, pues un día, transcurridas pocas semanas desde su llegada, Pascualina. Era Spellman, el fiable amigo yanqui de ambos, quien velaba por su comodidad. Spellman parecía ser el remedio justo para Pascualina en aquel dificultoso período. El sacerdote bostoniano había introducido una nota nueva, típicamente americana, en las actividades rutinarias de la Curia.
Según su biógrafo, el padre Robert I. Gannon, S. J., “los hombres recluidos entre las vetustas paredes del Vaticano no estaban habituados a las insólitas y electrizantes cualidades de aquel joven sacerdote del Nuevo Mundo, pero se sentían cada vez más interesados por lo que veían. Su celo, esmero y competencia, su encantadora sociabilidad, le habían ganado el favor de los Eminentes”.

APRECIABAN A SPELLMAN

El mundo eclesial de Spellman se animaba sin cesar. Todos le apreciaban cada vez más en privado, particularmente el Papa Pio XI y Monseñor Pacelli. Sin embargo, él tenía la sabiduría de no aprovechar esa imagen suya en trayectoria ascendente. “No era agresivo ni atrevido, esperaba a que se le preguntase –apuntó también el padre Gannon-. Pero cuando le preguntaban, exponía su opinión con franqueza y sentido común. Abría la boca en el momento justo.”
Aunque fuera Spellman quien distrajese a Pascualina con sus breves conversaciones celebradas varias veces por semana ella anhelaba estar con Pacelli. Algunas veces veía pasar al Secretario de Estado, quien marchaba presuroso para alguna conferencia con el Santo Padre. Entonces solía levantar la mano y esbozar una fugaz bendición en dirección de la monja. Ese saludo del gran Prelado era suficiente para alentar a Pascualina, haciéndole saber que la recordaba todavía y oraba por ella, suficiente para hacerla esperar pacientemente la hora propicia.
Muchos años después Pascualina lo comentaría con la mirada perdida en la distancia:
-Pacelli era un hombre sabio y no permitía que los asuntos insignificantes se interpusieran en el camino de lo importante. A mí me cabía la responsabilidad de ser importante para él; ayudarle a alcanzar sus objetivos, fueran los que fuesen los sacrificios por mi parte.


2.- LA OFICINA DE PRENSA DEL VATICANO

Desde el principio, Spellman advirtió el talento y sentido común de la monja. Así, pues, sugirió a Pacelli que pasase menos tiempo pelando patatas y más ante la máquina de escribir y la multicopista. Porque, según recomendó al prelado, las facultades de Pascualina podían rendir mucho provecho en las oficinas de la Curia.
Por aquellas fechas el americano tenía a su cargo el gabinete de prensa del Vaticano e intuía que ella sería una aportación valiosa para su departamento. Spellman sabía cuán anticuado era todo el sistema desde que puso pie en aquella oficina de relaciones públicas seis años antes. “No había profesionales –dijo a Pascualina-. Él había llegado de Estados Unidos. En Europa, aún en Roma, tan sólo algunos sacerdotes gruñones y viejos quienes aleccionaban a los periodistas y les exigían que escribieran únicamente cosas buenas sobre la Iglesia.” Por añadidura, el clero quería hacer pasar todo por la censura, incluso esas cosas buenas.
Históricamente, el Vaticano se había mantenido siempre a una distancia muy prudente de la prensa. Sólo un puñado de periodistas fiables, bajo el control riguroso de la burocracia vaticana, tenían acceso a las noticias eclesiales. Se mandaban cumplir unas directrices estrictas. Todo cuanto tuviera interés para la Prensa –antes de la llegada de Spellman- quedaba sometido a la censura de la Curia.
Los corresponsales extranjeros se habían visto obligados a trabajar con material de segunda mano hojeando y explorando el L`Osservatore Romano, cuyas noticias eran cualquier cosa menos reveladoras e interesantes. Spellman había observado que se destinaba mucha información cuyo contenido podría ser de utilidad para el Vaticano. El joven sacerdote, recién llegado al servicio vaticano, pensaba que el Vaticano requería indispensablemente una oficina profesional de relaciones con la prensa. Por añadidura se proponía dirigirla. Y la dirigió.
Cuando se presentó la oportunidad, Spellman propuso varios cambios en el sistema por cuyo medio se difundirían las noticias vaticanas. Ninguno fue drástico, porque el sacerdote tenía la suficiente habilidad política para no escandalizar a sus superiores. Haciendo valer sus años como columnista y editor del Washington Post y su experiencia presente como redactor juvenil del Brockton Enterprise y el Whiteman Times, Spellman había convencido a sus superiores de que la Brockton Enterprise le permitieran escribir artículos. En su nuevo trabajo traducía a varios idiomas fragmentos de información sobre la Curia –noticias que él cribaba meticulosamente -, y hacía copias con una anticuada multicopista. Aunque las noticias vaticanas fuesen todavía bastante insípidas, los corresponsales extranjeros destacados en la Ciudad Eterna hacia mediados de los años 20, se asombraban de que un sacerdote escribiera artículos e hiciera él mismo las copias.
Spellman aseguró a Pascualina que ella no estaría fuera de lugar, como monja, en su oficina de la Curia, cuartel general para las tres ramas del gobierno eclesial: la ejecutiva, la legislativa y la judicial. La Curia Romana, título oficial de la burocracia eclesiástica, estaba a un paso del Palacio Papal, donde moraba el Papa como autoridad suprema, y donde se reunía el Sacro Colegio Cardenalicio, como un llamado Senado papal con mucha más ceremonia espectacular que poder.
Los burócratas de la Curia –sacerdotes, monjas y seglares- funcionaban como los ejecutivos y trabajadores de una gran corporación americana, cumpliendo las órdenes superiores.

PASCUALINA PERIODISTA

En su caso, Pascualina podía resultar especialmente beneficiada, pues el jefe absoluto a cargo de toda la Curia era el Cardenal Secretario de Estado, Pacelli. Nadie conocía como Pacelli el gran talento de la monja para hacer las cosas con rapidez y destreza, de modo que no fue difícil convencerle. Quien requirió más argumentos persuasivos fue la propia Pascualina.
-Pero, ¡si no sé escribir a máquina y jamás he trabajado en una oficina! –dijo a Spellman.
-Yo le enseñaré -replicó él.
Ambos se conocían lo suficiente para reír y bromear sobre la cuestión. Aun estando convencida de que él no le crearía nunca situaciones embarazosas, Pascualina sentía todavía serias dudas.
Todo el mundo sabía que había sido regidora en la residencia de Pacelli en Múnich. Por tanto se preguntaba cómo tomarían los burócratas sacerdotes y monjas su posición privilegiada. Finalmente, aceptó el desafío, pero con grandes reservas, temiendo ser denigrada, y por ende, causar problemas al Secretario de Estado.
Hacia fines de aquella primavera, Pascualina sintió que se atenuaban las presiones, y sus escrúpulos se redujeron considerablemente. Por entonces era auxiliar de Spellman en el gabinete de prensa, cada vez más amplio, lejos de las habladurías y haciendo un trabajo que la satisfacía. Alternando con los quehaceres de palacio, cocina y limpieza, corría desalada a su mesa en la Curia y con manos oliendo frecuentemente a cebolla, mecanografiaba artículos, cortaba clisés, hacía copias impecables en la multicopista para L´Osservatore Romano y los corresponsales extranjeros que se arreciaban allí cada día en espera de noticias.
Cierta vez Pascualina dijo a Spellman:
-Me quedé pasmada cuando Su Eminencia (Pacelli) se presentó inesperadamente un día y me dijo: “¡bravo!”, al sorprenderme distribuyendo noticias de prensa y café entre los periodistas.
Aunque se sintiera a sus anchas en la oficina de Spellman, seguía notando actitudes frías y distantes en los departamentos contiguos. El clero de la pretenciosa Curia seguía tratando a la monja con mucha más frialdad que el del Palacio Papal, rodeado de pompa y ricos damascos carmesíes. El personal de cocina en el palacio se desvivía por hacerla sentirse apreciada, mientras que los cínicos y reservados clérigos italianos de la burocracia mantenían las distancias. Casi todos los sacerdotes se habían comportado desde el principio como si apenas conocieran su existencia. Todo cuanto podía esperar ella de aquellos prelados y clérigos tan repulidos y altivos era una leve inclinación de cabeza.
Spellman le había advertido que hablara lo menos posible con ellos. “El silencio respecto a los asuntos tratados en la Santa Oficina (Curia), es el primer requisito”, le insinuó una vez el sacerdote, mientras señalaba un gran pez disecado que colgaba de la pared sobre su mesa y tenía un rótulo donde se leía:

“SI HUBIESE TENIDO CERRADA LA BOCA NO ESTARÍA AQUÍ”:

El rostro benigno y sonrosado de Spellman empezó a gesticular; evidentemente le hizo gracia su propia ironía. Pero la monja no comprendió ese regocijo, más bien pareció perturbarle la idea de que él la creyera tan cándida.
-Si el clero fuese tan comedido con su lengua como lo son las buenas hermanas de su Congregación –replicó un poco indignada-, este mundo nuestro sería mejor.
Y agregó que una de las reglas primarias e implícitas de su Orden era observar todo y no repetir nada. Pese a las peculiaridades del Vaticano y no obstante su educación religiosa y dedicación a una vida santa de humildad y pobreza, la monja se fue interesando por el nuevo mundo, el mundo de la política eclesial y el equilibrio del poder según lo concebía la Curia para su transferencia a las naciones de la Tierra.
Su profundo conocimiento de la naturaleza humana y su perfecto dominio del idioma italiano la ayudaron considerablemente a derribar pronto las frías barreras de la Curia. Aun siendo tan dificultoso el clero romano de la autosuficiente burocracia, Pascualina se las arregló para aplacar las envidias personales y apaciguar ingeniosamente los nervios destemplados. A menudo se ofreció voluntaria para concluir el trabajo de tal o cual sacerdote que se sintiera momentáneamente demasiado fatigado o perezoso. Su proceder perspicaz y hábil hizo maravillas en poco tiempo.
Spellman apreció el ingenio y el tacto de la monja, cualidades que él mismo ejercitó con notable beneficio a lo largo de su vida. Cierta vez dijo: -Nadie puede disgustarse porque alguien le ayude a copiar fastidiosas órdenes, mecanografiar instrucciones triviales, corregir discursos insulsos, traducir encíclicas inacabables y otros documentos.
Mientras muchos de los clérigos empezaban a suavizarse e incluso recababan ayuda de Pascualina, otros se envararon aún más ante su presencia. La monja sintió el aguijonazo de la envidia por parte de quienes dormían la siesta, como hacían casi todos los romanos, mientras ella continuaba trabajando y derrochando energía en las tareas culinarias y las oficinescas de la Curia, consideradas a menudo por meras trivialidades. Unos pocos expresaron desagrado simplemente porque se rumoreaba que Pascualina era la niña mimada de Pacelli.


 "Ideas del hombre y más .......".

PIO XII

F,P,D Univers.    PIO XII  Segunda sección del reportaje


La beatificación de Pío XII cada vez más cerca (2)
Por Jesús Martí Ballester
En numerosas publicaciones católicas apareció la noticia del buen ritmo del proceso de beatificación de Pío XII. Es sin duda alguna una noticia inmejorable, ver pronto elevado a los altares al mejor Papa que ha tenido la Iglesia en décadas.
El Vaticano estudia un milagro del Papa Pío XII que le podría llevar a la beatificación. La curación de María Esposito por intercesión del Pontífice puede ser la prueba definitiva para su posible beatificación. María Esposito en una revisión cotidiana en el médico, le comunicaron que sufría cáncer, exactamente, un linfoma de Burkitt. Además estaba embarazada de su segundo hijo
Comenzó un tratamiento de quimioterapia que, en el sexto ciclo, la dejó con 42 kilos de peso. Sus fuerzas eran mínimas y su ánimo más escaso todavía . Fue entonces cuando su familia empezó a rezar a Juan Pablo II y a pedir por la pronta recuperación de María.
El marido de María, Umberto di Maio, cuenta a la agencia Ap que una noche, mientras dormía, el Papa polaco se le apareció en sueños y le dijo que estaban rezando a la persona equivocada, que a quien tenían que recurrir para que María se curara era a Pío XII.
Comienza el milagro Al principio, Umberto fue incapaz de identificar a Pío XII según la descripción que le había dado Juan Pablo II. Pero, una semana más tarde de la aparición, en una revista católica, Di Maio reconoció al Papa en una fotografía. Pronto como vio la foto, él y su familia se pusieron a pedirle incansablemente que María se curara. Unas semanas después, María fue a una revisión a un oncólogo. Cuando el médico vio las pruebas comprobó que María se había curado. "Estoy segura de que la mano de Dios ha estado ahí, gracias a la intercesión del Papa Pío XII", comentó María.
Una semana después del milagro, Maria y su marido viajaron a Roma a la inauguración de una plaza dedicada a Pío XII por haber defendido a Roma de los nazis. El sacerdote Peter Gumpel ha estudiado el caso como postulador de la Causa de Beatificación de Pío XII, y ha argumentado que "estamos en las etapas preliminares de la investigación, y ni siquiera estamos seguros de si seguirá adelante", dijo el historiador jesuita.

BREVE HISTORIA DEL GRAN PAPA PIO XII

1. La aristocracia eclesial en Roma. La nobleza negra en Eugenio Pacelli. El papa Benedicto XV había seleccionado a Pacelli para el desempeño de la dificultosa tarea por muy diversas razones políticas. El prelado tenía, una larga ascendencia de aristocracia eclesial; sus antecesores, remontándose a los principios del siglo XIX, eran miembros de la Nobleza Negra que mantenían su lealtad al papado.
Miembro preeminente de la Nobleza Negra fue su abuelo, Marcantonio Pacelli, quien había sido subsecretario del Interior en el Vaticano y fundador de L´Osservatore Romano, el periódico oficial del Vaticano y en el cual figuró como director hasta su muerte, el año 1902.
El padre de Eugenio Pacelli, Filippo Pacelli, intervino también activamente en altos asuntos pontificios y a su debido tiempo se le nombró decano de los abogados vaticanos. Su madre, Virginia Graziosi Pacelli, fue marquesa de la aristocracia del Papado.
A decir verdad Pacelli merecía, plenamente la herencia familiar de talento y dignidad, cualidades que le permitían moverse con desenvoltura en las esferas internas papales. Cuando contaba apenas treinta años, se vio nombrado de la noche a la mañana, enviado plenipotenciario del Papa ante la Corte de St. James donde incluso la realeza británica le honraba por su donaire y sus impecables modales.

2. Cuando el Gobierno italiano ocupó en 1870 los Estados Pontificios y el Papa se encastilló en el Vaticano durante cincuenta y nueve años, la adinerada aristocracia italiana, que habían recibido títulos de la Santa Sede, cerraron sus propias puertas para exteriorizar su solidaridad con el Santo Padre. De resultas se les conoció como la "Nobleza negra".
Benedicto XV. Su principal empeño había sido un proyecto de paz, concebido en colaboración con Benedicto xv, y el mismo había intentado hacerlo factible para los "egoístas e inaguantables” líderes de las naciones Aliadas y de sus adversarias, las Potencias Centrales. Luego, justamente cuando sus denodados esfuerzos parecían a punto de fracasar, su padre -a quien Pacelli adoraba- murió de modo repentino mientras él estaba ausente cumpliendo una misión diplomática en Múnich. Fue un golpe demasiado duro. El proyecto de paz propuesto por Eugenio Pacelli fue la prefiguración de los Catorce Puntos del presidente Woodrow Wilson que al concluir la guerra serían aceptados por todos los beligerantes como base de la paz. El “El pacto Wilson” llegó a ser la piedra angular de la Sociedad de Naciones, pero entre las fechas del plan papal y la aceptación final del propuesto por Wilson hubo un millón largo de muertos.
3.- Sacerdote y monseñor.- Eugenio Pacelli fue ordenado sacerdote el domingo 2 de abril de 1899, (Domingo de Resurrección) por el Obispo Francesco Paolo Cassetta —vice-regente de Roma y amigo de la familia— y recibió su primer destino como encargado en Chiesa Nuova, donde había sido acólito de niño.
En 1901, ingresó en la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, en una oficina de la Secretaria de Estado Vaticano, en donde fue minutante, gracias a la recomendación del cardenal Vannutelli.
En 1904, Pacelli fue nombrado chambelán y en 1905 prelado doméstico de Su Santidad. Desde 1904 hasta 1916, Pacelli asistió al cardenal Gasparri en su codificación del derecho canónico en el Departamento de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios. Fue elegido por León XIII para entregar las condolencias en nombre del Vaticano a Eduardo VII de Inglaterra, al morir la reina Victoria. En 1908, fue representante del Vaticano en el Congreso Internacional Eucarístico en Londres, donde conoció a Winston Churchill. En 1911 representó a la Santa Sede en la coronación del rey Jorge V de Inglaterra.
En 1908 y 1911, Pacelli rechazó ser profesor en derecho canónico de la Universidad La Sapienza de Roma y en la Universidad Católica de América. Pacelli fue sub-secretario en 1911, y secretario-adjunto en 1912 durante el pontificado de San Pío X y de Benedicto XV y en 1914 fue secretario del Departamento de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, sucesor del Cardenal Gasparri, Secretario de Estado. Como secretario, Pacelli concluyó un concordato con Serbia, cuatro días antes del asesinato de Archiduque de Austria-Este, Francisco Fernando en Sarajevo. Durante la Primera Guerra Mundial, Pacelli llevaba el registro Vaticano de los prisioneros de guerra. En 1915, viajó a Viena asistente de Monseñor Scapinelli, nuncio apostólico en Viena, en sus negociaciones con Francisco José I de Austria, sobre Italia.
El papa Benedicto XV designó a Pacelli nuncio apostólico en Baviera el 23 de abril de 1917, consagrándolo obispo titular de Sardes y elevándolo a arzobispo en la Capilla Sixtina el 3 de mayo de 1917, antes de partir a Baviera, donde se reuniría con el rey Ludwig III el 28 de mayo, y con el Kaiser Guillermo II. Como por esa fecha no había nuncio en Prusia, por motivos prácticos, nuncio de todo el Imperio Alemán, teniendo su nunciatura oficialmente el 23 de junio de 1920 y en 1925 a Alemania y Prusia respectivamente. Muchos de los ayudantes de Pacelli en Múnich seguirían con él hasta el final de su vida, incluyendo a la Hermana Pasqualina Lehnert, ayudante, amiga y consejera de Pacelli durante 41 años.
4.- Pacelli creado cardenal.- En 1929 el papa Pío XI lo crea cardenal presbítero del título de Ss. Giovanni e Paolo y dos meses después, a la dimisión de Gasparri, Secretario de Estado. Los años de servicio a este cardenal, le formaron de tal manera que fue el mejor experto en política alemana cuando Alemania era el país que marcaba el ritmo de la época.
Negoció y firmó los concordatos de la Santa Sede con el ducado de Baden, la república de Austria y el reino de Yugoslavia. Destaca históricamente la firma del Concordato imperial entre la Santa Sede y la Alemania Nazi, con el apoyo de los dirigentes conservadores y católicos alemanes Franz von Papen y Ludwig Kaas. Este Concordato sigue vigente hasta la actualidad.
Por otro lado, una de sus actuaciones más importantes como Secretario de Estado fue dar forma a la que luego sería la encíclica Mit brennender Sorge, la cual supuso una dura condena del régimen nazi. Esta encíclica se escribió a iniciativa de los obispos alemanes, redactada en Roma en un primer borrador por Michael von Faulhaber, cardenal arzobispo de Múnich y Freising. Pacelli fue el autor del texto definitivo. Fechada el 14 de Marzo de 1937, fue leída en todas las iglesias alemanas, provocando la ira de Hitler. Fue respondida por el aparato de propaganda del régimen a cargo de Goebbels.
Viajó a los Estados Unidos, a Argentina, a Hungría y a Francia. Se reunió con mandatarios de estos países, lo que le otorgó gran proyección internacional. Pacelli acumuló la Secretaria de Estado, que no renunció ni aun siendo Papa, arcipreste de la Basílica de San Pedro, gran canciller del Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana y Camarlengo de la Santa Iglesia Romana.

5 .Elección papal.- A la muerte de Pío XI, la organización de la sede vacante correspondió a Pacelli por su cargo de Camarlengo. Él, precisamente, era el candidato favorito. Después de un Cónclave de sólo dos días y a la tercera votación fue elegido Papa. Era el 2 de marzo de 1939. Diez días después fue coronado por el cardenal Camillo Caccia Dominioni, protodiácono de Santa Maria in Dominica. En ese mismo año mandó realizar unas excavaciones en los sótanos del Vaticano para confirmar la certeza de la tradición cristiana que afirmaba que el Vaticano se había construido sobre la auténtica tumba del Apóstol Pedro. Se hallaron varias tumbas antiguas y una de ellas tenía una inscripción que señalaba que allí se encontraba enterrado el apóstol. En 1964 Pablo VI confirmaría que se trataba de los restos de Pedro y en el año 2006 con Benedicto XVI se volvió a confirmar este hecho.
Pío XII era el primer Papa sin ninguna experiencia pastoral, ni en parroquias ni en diócesis, puesto que toda su carrera se había desarrollado en la administración vaticana. Como medida preventiva, previamente a su coronación, había redactado ante notario una carta de renuncia en el caso de que fuera hecho prisionero por los nazis.
6.- Pontificado.- Una de sus primeras decisiones como Papa fue, en abril de 1939, la de borrar del Índice las obras de Charles Maurras, fundador de la Action Française, que, pese a su agnosticismo, no entendía Francia sin su matriz católica tradicional”, y grupo antisemita y anticomunista, a cuyos miembros les fue levantada la prohibición de recibir los sacramentos que pesaba sobre ellos desde el pontificado de Pío XI.

7.- La “Summi Pontificatus”, su primera encíclica.- Publicó su primera encíclica, por la que condenaba cualquier forma de totalitarismo. Sin embargo, en la recién estallada II Guerra Mundial mantuvo, una neutralidad entre los beligerantes, tal como había hecho Benedicto XV en la contienda anterior. A efectos prácticos, mantuvo el Concordato que él mismo había firmado con la Alemania Nazi siendo cardenal, bajo el pontificado de su predecesor Pío XI. Su mayor propósito era conservar la presencia católica en los países al margen de su alineamiento en la guerra, y por ello al fin de ésta se sintió fuertemente agraviado por el ateísmo militante en los países de la órbita de la Unión Soviética.

8.- La Encíclica de Pacelli y del Cardenal Von Faulhaber “Mit brennender Sorge "Con ardiente inquietud”. Aunque había quedado patente su labor caritativa y paliativa las consecuencias del conflicto y su pensamiento claro unido al del Cardenal Von Faulhaber respecto al nazismo como se deduce del testimonio de la Encíclica de ambos Mit brennender Sorge "Con ardiente inquietud. ... La autoría del cardenal Pacelli –juntamente con la del cardenal Von Faulhaber– no es una suposición o una piadosa leyenda: está refrendada por el propio testimonio del papa Pío XI, que firmó la encíclica. Cuando se le acercaban sus visitantes para felicitarle por ella, el formidable Achille Ratti, invariablemente se volvía hacia su secretario de Estado y respondía:“De él es el mérito”. En realidad, puede decirse que la “Mit brennender Sorge" “Con ardiente inquietud”. ... fue el producto de la comunión de miras de dos hombres extraordinarios que se sucedieron en el sacro solio pontificio:(Pío XI y el futuro Pío XII) y del trabajo conjunto de los dos cardenales que más conocían a Alemania (Pacelli y von Faulhaber). La Historia demostraría que Eugenio Pacelli, convertido en Pío XII, haría amplio honor a esta línea de acción de la Santa Sede (Mit brennender Sorge).Palabras de Pio XI: "... a ti, Amado Hijo Nuestro que con Nosotros y a Nuestro lado desarrollas una asidua y diligentísima labor en el gobierno de la Iglesia universal, por estas Letras te elegimos y constituimos Nuestro Legado, como ya antes hemos anunciado”. Antes de su elección al papado, Pacelli se desenvolvió como Secretario de la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, nuncio papal y Cardenal Secretario de Estado, desde donde pudo alcanzar la conclusión de varios concordatos internacionales con estados europeos y americanos, entre los que destacó el Concordato imperial (en alemán, Reichskonkordat) con la Alemania Nazi, firmado en 1933. Por otra parte, Pacelli tuvo un influjo decisivo en la redacción de la carta encíclica de Pío XI titulada Mit brennender Sorge a los obispos alemanes, del 14 de marzo de 1937, que significó una advertencia severa al régimen del Tercer Reich.
Su liderazgo al frente de la Iglesia católica durante la Segunda Guerra Mundial permanece como una de las materias históricas más controvertidas de la época contemporánea, principalmente en lo que respecta a la evaluación de su conocimiento y sus acciones contra los crímenes del régimen nazi en Europa durante dicho periodo.




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Informacion desde Betania

F,P,D Univers.

PASTOR ANGELICUS

Vida del Venerable Pio XII

Por Jesús Martí Ballester

EDICEP, Valencia, España
Esta es, sin duda, una de las reseñas más sui generis que he escrito en esta ya veterana sección de Betania, del Libro de la Semana. Como primera medida el prólogo de la obra presentada es mío, y está referido a la andadura de nuestra web betania.es y dentro de ella a la del mismísimo autor de la obra, don Jesús Martí Ballester. Pero, además, yo mismo, mejor o peor, he ido editando para Betania los 33 capítulos en que se ha resumido aquí el libro que acaba de editar la prestigiosa editora valenciana EDICEP.
Se cuenta en ese prólogo que Jesús Martí Ballester fue el primer sacerdote que se acercó a Betania y que comenzó a publicar homilías, para luego dedicarse casi en exclusiva a la elaboración de Reportajes, de los cuales Martí ha escrito la mayoría en un número superior a los 700, que ya está bien. Escribió Jesús Martí Ballester una enorme serie sobre Juan Pablo II a la que tituló Juan Pablo Magno y que tuvo un éxito extraordinario entre nuestros lectores y que también fue libro.
La cercanía a la beatificación de Pio XII trajo que Jesús Martí se enfrascara con una biografía de del llamado Pastor Angélico. Le dimos la fórmula aquí en Betania de “Apuntes para una Biografía de Pio XII” y que llegó a su último capítulo, el 32, y que en el presente número publicamos un 33 a modo de epilogo.
Menos hagiográfico, por la lógica lejanía en el tiempo del fallecimiento de Papa Pacelli, que el escrito sobre Juan Pablo II, se encuentran el texto particularidades históricas diversas y muy atractivas desde el punto del visto del relato como puede ser la historia de la monja Pascualina, auténtica mano derecha del Pontífice por mucho que le molestara a la Curia vaticana y, también, la confluencia con los aconteceres difíciles de la II Guerra Mundial, y, posteriormente, con algunos hechos sorprendentes como la extraña y grave deriva que tomaron algunas comunidades de franciscanos.
Pero el mérito inigualable del sacerdote valenciano, don Jesús Martí Ballester está en su entusiasmo y resistencia. Nacido en 1921, y por tanto con 92 años, no ha parado de escribir y de publicar libros en los últimos casi 70 años… No tengo más remedio que redirigir a los lectores al prólogo que he escrito porque narra muy especialmente su dedicación. Y tiene una enorme riqueza pastoral y que no es otra que la fundación de la Obra “Amor y Cruz” conglomerado de religiosas, religiosos y laicos que fundamentan sus vidas en el seguimiento de la espiritualidad del padre Martí Ballester.
Recomiendo a mis lectores que lean la obra que reseñó, que, por supuesto, compren en libro y que reparen en la enorme figura de Jesús Martí Ballester, uno de los escritores más prolíficos del panorama editorial español, y que ahí sigue, sin rendirse, a los 92 años. Y ahora a esperar cual será el próximo libro de Martí Ballester… No sé por qué pero yo me lo estoy esperando.

Ángel Gómez Escorial




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PIO XII

F,P,D Univers.


Seguimos con la publicación de los apuntes del padre Jesús Martí Ballester al respecto de una biografía suya sobre el Papa Pio XII. Es ya el octavo capítulo y el autor, un poco más abajo, nos narra sus dudas y sentimientos. Es normal. Pero lo importante es que don Jesús, con ya los 90 años cumplidos, está luchando para sacar adelante algo muy notable pero también difícil. Betania está con él y sus lectores también… ¡qué se sepa!





Apuntes para una biografía de Pio XII (8)
Por Jesús Martí Ballester



Cuando me encuentro a mitad del trabajo, me doy cuenta de que es difícil y sumamente comprometido y me desaliento y trato de iniciar un reajuste por donde pueda ver mejor la salida pues ya estoy muy metido en el avispero. En el principio me pareció muy útil el trabajo. Se trataba de poner en luz a un Pontífice de la Iglesia. Yo venía entrenado en el estudio de otro supremo pontífice y había salido airoso en el intento. No me había superado la tarea, pero aquella era más homogénea. El estudio de Pio XII me produce vértigo. No era un exagerado el cuándo se escapó en pleno cónclave huyendo de la capilla sextina que le había elegido Papa. Se trataba de escapar de una tarea azarosísima. Pese a sus cualidades de diplomático mayúsculo avizoraba que se quedaría corto. ¿Podía él abrir el horizonte de los años? Ataque a Polonia, Francia y Alemania, Estados Unidos y Gran Bretaña, Italia y Rusia y las naciones intermedias… y Japón, Pearl Harbor ¿Cómo podrá sembrar la paz en todo el orbe? ¿El Reino de Cristo entre toda la algarabía de los errores y herejías? Y sobre todo el infierno bramando. Pio XII llegó a exorcizar a Hitler en su apartamento, porque tenía la convicción de que estaba endemoniado. Eso entreveía Pío XII… ¿y yo en mi pobre estudio podré enhebrar todos los cabos, estudiar todas las situaciones encontrar la luz donde tantas tinieblas la ciegan? Veni, Sancte Spiritus!! .- Jesús Martí Ballester


PACELLI EN LOS ALPES SUIZOS



Seguramente se trataba de una inspiración de la gracia recibida más por Pascualina, aquella joven de veintitrés años, que por Pacelli. Fue una inspiración de largo alcance, recibida por una mujer joven pero de mucho valor, de un profundo coraje y constancia heroica y que exigía un gran temple de carácter por la diferencia de los sujetos en los que se establece, sobre todo en la mujer. La mujer es una joven, el varón es un arzobispo con sus cuarenta y un años cumplidos. El hombre no es fácilmente impresionable y menos en aquellos tiempos, cincuenta años atrás, tanto en el terreno normal como en la jerarquía.

El hombre es ya una alta jerarquía en la Iglesia y humanamente tiene una personalidad recia y un carácter formidable y muy formado. La verdad es que nos encontramos ante una historia de amor, conmovedor e intenso, no menos interesante debido al hecho de que los dos amantes sean fuertes y apasionadamente leales. Ambos son en todo momento célibes: él, Papa, ella, su confidente, consejera y amiga, religiosa con votos. Se perfila como una de las mujeres más eximias del siglo XX, Yo pretendo destacar aquí una admiración de gratitud hacia ella, pues no recibió trato ni recompensa de casi nadie. Murió en Viena a los 89 años, 32 de ellos al servicio de Pio XII. Su ejemplo hace revivir en todo el mundo la historia de esta figura con más influencia en el Vaticano que los mismos Cardenales. A Eugenio Pacelli le quedan pocos años de su servicio en Múnich. En 1925 el Vaticano trasladó a Pacelli a Berlín.

PAULINA FIEL A SU VOCACIÓN

Deseo reparar hoy a través de estas letras las amarguras que devoró Sor Paulina, que supo ser fiel a su vocación. Paulina ha luchado con bravura por salvar a Pacelli. En estos momentos le encuentra desmejorado hasta tal punto que le ha insistido en que debe darse un breve descanso en la nieve. Ella está apoyada sobre los esquíes, temblando un poco; y lo mismo Pacelli. Ambos se agazapaban, ateridos por el frío congelador de espesa nieve, en el ápice de una pendiente pavorosamente pronunciada de los Alpes suizos. El caso de Pascualina me parece una vocación excepcional. Considero que fue una inspiración celeste, que contiene un mensaje, que hemos de estar prestos a aceptar, porque si es verdad que no aparece fácilmente una Pascualina, sí que es más frecuente que se frene a las que el Espíritu Santo consagre, aunque no en tan alto terreno. En el caso de Pascualina se da una verdadera vocación de lo alto para unos fines altísimos que sin la fidelidad constante de ella, no se habrían dado. Considero que es tener un Papa tan grande y tan santo, como Pío XII y en aquellos tiempos en el remolino de las dos grandes guerras mundiales lo que él suponía para la Iglesia, como ella soñaba y acertaba. Yo estoy seguro que sin la dedicación de la monja, Pio XII no habría llegado a Papa. En esas circunstancias me parece lógico que Paulina y Pacelli no quisieran perderse esa nueva y espléndida locura del deslizamiento con esquí que estaba haciendo furor en las zonas nevadas de Europa. Empuñando los bastones, ella con la indumentaria de monja y él en el ropaje talar, se santiguaron, susurraron juntos una breve oración –“en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”- y se lanzaron cuesta abajo entre gritos de pánico y alegría.

ESQUIANDO UNA MONJA Y UN ARZOBISPO

Otros parecieron aprobar también la idea de poner algunas burbujas en la vida de Pacelli. Unos cuantos esquiadores les dedicaron vítores y aplausos espontáneos cuando la monja y el arzobispo se detuvieron jadeantes al pie de la pendiente, sintiéndose por fin, sanos y salvos tras la aventura más temeraria de su vida. Aunque Pacelli pareciera azorado e incómodo al principio, se mostró muy pronto tan satisfecho como la monja pues aquella ovación tan entusiástica de la gente e inesperada era justamente lo que necesitaba para ganar aplomo. Nos encontramos ante una historia de amor, conmovedor e intenso no menos interesante debido al hecho de que, como hemos dicho, los dos amantes sean en todo momento célibes: él Papa, ella su confidente, consejera y amiga, religiosa fidelísima con votos. Se perfila como una de las mujeres eximias del siglo xx, fuerte y apasionadamente leal. Murió en Viena a los 89 años, más de 32 al servicio de Pio XII. Su ejemplo hace revivir en todo el mundo la historia de esta figura. Preciso destacarlo con fuertes tintas para que sean alentadas las mujeres en sus llamadas del Espíritu. Es el año 1921. Todo ha quedado muy atrás.


PASCUALINA Y EL PAPADO

Pascualina culpaba también al Papado por haberle permitido vivir en casa con su madre hasta los treinta y ocho años de edad. El papa León XIII era particularmente culpable, en su opinión. El Papa fue quien hiciera posible esa situación insólita cuando cedió a ciertas presiones, cuyo único fundamento era la frágil constitución del padre Pacelli. Pareció inaudito que un clérigo católico durmiera y trabajara en el hogar familiar, y ello despertó muchas murmuraciones y envidias entre los eclesiásticos vaticanos. Sin embargo, el influyente abuelo de Pacelli, Marcantonio, fundador y editor de L'Osservatore Romano, órgano oficial del Vaticano, insistió cerca del Pontífice León XIII aduciendo que tan solo la madre del joven sacerdote podría aportar el amor y los cuidados requeridos para conservar la salud de su nieto. El papa León -a quien impresionaban la pluma y el poder del director, pero todavía más la aristocracia y opulencia de la familia- sentó un precedente concediendo de mala gana la dispensa al padre Pacelli para vivir en casa con su madre.

Habiendo dejado Pascualina, ella misma su hogar a los quince años para ingresar en el convento, aseguró siempre que tal decisión le había hecho “un bien indecible”. Pacelli experimentó un cambio perceptible durante sus breves vacaciones en los Alpes, cambio que se hizo aún más notorio para Pascualina cuando regresaron a la Nunciatura de Múnich. Ya no necesitó animarle tan frecuentemente a probar suerte con los deportes. Por aquellos días el motociclismo estaba generalizándose en la Europa de posguerra, y varios factores explicaban su afinidad con las "bicis rápidas”, como él las llamaba. Pacelli se había aficionado al desafío del esquí durante su temporada alpina, parecía no haberse saciado todavía de pendientes. Para él había cierta vinculación entre el esquí y el motociclismo que estimulaba su espíritu desafiante. Salud y estado de ánimo habían experimentado una mejora tan espectacular que empezaba a parecer un hombre nuevo y a actuar como tal. Su mente pragmática vislumbraba otras ventajas de la motocicleta, dejando aparte la velocidad y las emociones. Durante la guerra, los militares habían empleado ese vehículo con muchos fines prácticos, y eso interesaba a su mente utilitaria. Pensaba que los sacerdotes afectos a su circunscripción podrían usar motocicletas para visitar enfermos y moribundos o diligenciar otros muchos asuntos apremiantes.
-¿Lo ve? ¿No se lo dije? ¡Yo sé cómo conducir estas cosas!

HORAS SOMBRIAS

Mientras afluían esos tiempos felices, surgieron horas sombrías, tristes, cuando murió su madre, Doña Virginia. Mucho antes de que la anciana señora muriera, en 1921, Pascualina se había preparado para afrontar el grave desequilibrio que causaría a Pacelli la muerte de su madre. Efectivamente, la noticia de esa defunción le sumió en un estado de honda melancolía. Desesperó durante días sin fin, incapaz de comer o dormir. La monja se agotó cuidándole, sustituyendo cumplidamente a la madre que acababa de perder y atendiendo a los demás deberes y responsabilidades de la administración doméstica.
Por fortuna, otro amigo, el cardenal es Achille Damiano Ambrogio Ratti, antiguo bibliotecario del Vaticano, fue elegido Papa. El primer acto extraoficial de Pio XI fue el envío de un mensaje al Nuncio en Múnich deseándole un pronto restablecimiento.
Al igual que Pascualina, el prelado era una persona más bien seria y de maneras intachables. Y aunque ella tuviera la mitad de su edad o un poco más, compartía con Pacelli la naturaleza perfeccionista y la devoción al trabajo intenso. Para la joven Pascualina, Pacelli no tenía nada en común con los joviales sacerdotes italianos que acudían a los Alpes suizos esperando encontrar buenos alimentos, agradables charlas de sobremesa y regocijantes chismorreos.
Aun cuando se mostrara frío y distante al principio, Pascualina se había propuesto derribar lo que se le antojaba una fachada protectora. Algunas veces Pacelli era terco e impaciente, pero ella lo atribuía a un exceso de trabajo durante largos años. Ahora, Pascualina, con su voluntad germana y su resolución maternal, se había propuesto devolver la salud y el ánimo a aquel gran hombre. Desde el momento de su llegada al sanatorio “Stella Maris”, ella estaba casi constantemente a su lado con medicinas y alimentos, y no se movía ni un centímetro mientras él no lo comiese todo. Insistía en que el prelado se acostara a buena hora mientras ella misma se agotaba lavando y planchando sus cosas, procurando que sus ropas estuviesen siempre pulcramente colgadas y haciendo la limpieza cuando él se retiraba. E incluso durante el sueño de Pacelli la monja estaba allí, observándole a todas horas, asegurándose de que su comodidad fuera completa y no tuviese necesidad de nada. Aunque hubiera otros clérigos dolientes a su cuidado, Pascualina hacía sentir siempre a Pacelli como si él fuera su único paciente.
Al cabo de dos meses, sus atenciones y dedicación hicieron maravillas. Pacelli se recuperó por completo; su entera estructura se llenó, y él se sintió más fuerte que nunca en cuerpo y alma. Por primera vez Pascualina vio una sonrisa en su rostro pétreo y le oyó reír.
Por aquellos días Pascualina conocía ya demasiado bien a Pacelli. Su mayor temor era que él viera esa salud recién recobrada como lo más natural del mundo. Sabiendo que en su juventud el prelado había sufrido varias veces de tuberculosis y estado al borde de la muerte durante algunos ataques graves, ella estaba dispuesta a reprenderle tan pronto como quebrantase cualquiera de sus reglas.

EL CAFÉ DE PACELLI

Pocos días antes de que abandonara el sanatorio, como estaba previsto, sobrevino la primera explosión. Pascualina quedó atónita al encontrarle levantado en la cocina, junto al fogón, haciéndose una taza de cappuccino.
-¡Eminencia!- exclamó con ojos relampagueantes-. ¡Ya está usted con sus viejos hábitos cuando hace tan poco que ha dejado la cama!

Con su menuda figura temblando de cólera le cogió la taza y vertió el café en el fregadero. Pacelli enrojeció de sorpresa e ira pues hasta entonces nadie había osado desafiarle así, considerando el gran poder eclesial que representaba. Pero Pascualina agitó el índice para reprobar la travesura y sonrió esperando disipar así la tensión. Pacelli se calmó en seguida; una ancha sonrisa iluminó su rostro. Por fin ambos rieron contentos, y ello acabó con la afición de Pacelli al café para una larga temporada.
Hacia el fin de semana, Pacelli desapareció. Partió con todas sus pertenencias, una mañana temprano, sin darle las gracias, sin decir adiós ni a ella ni a las demás monjas, salvo la Madre Superiora y la Priora. Pacelli, educado por el Vaticano en el sistema de castas, esperaba que todos los religiosos de humilde condición, particularmente las monjas, hicieran reverencias y se humillaran ante la noble jerarquía e incluso dieran gracias a Dios por haber tenido esa oportunidad. Pese a su severo aprendizaje en humildad y obediencia, Pascualina sintió un profundo resentimiento.
Sin embargo, Pacelli no era el esnob desagradecido que pudiera parecer a primera vista. Si ella hubiese sabido por entonces cuánto le había impresionado con sus solícitos cuidados, y consideración y ayuda infatigable, cuánto le había impresionado también con sus modales y belleza, se habría quedado pasmada.

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Pascualina Lehnert

F,P,D Univers.

Pascualina Lehnert, la monja alemana que fue sombra y báculo del papa Pío XII, será enterrada dentro de los muros vaticanos


Madre Pascualina, la monja bávara que fue la sombra y el bastón del místico Pío XII, será enterrada en el rninúsculo cementerio teutónico que linda con San Pedro y está dentro de los muros vaticanos. Es un privilegio que tienen sólo los alemanes y austriacos de una antigua cofradía con sede en Roma. De este modo, Pascualina Lehnert estará sólo a unos metros de su Papa.Esta monja, que tenía 30 años menos que el papa Pacelli, vivió toda su vida para el pastor angelicus. El Papapríncipe la conoció cuando era jovencísima, en la nun ciatura. de Berlín. Ella le arregló entonces la casa: "Como una taza de plata", dicen las crónicas. Y desdecntonces no lo abandonó ni un solo día.
Cuando el entonces monseñor Pacelli tuvo que dejar Berlín y vol vió a Roma, impuso que madre Pascualina se fuera con él. Los vie jos cardenales de curia murmura ron un poco. Le susurraron que quizá no era prudente; que podría dar lugar a chisirtes; que en Roma había miles de monjas capaces y dispuestas a ayudarle en sus tareas. Pero todo fue inútil.
El hecho es que, sobre todo en los últimos tiempos de Pío XII, en el Vaticano nadie conseguía nada del Papa sin pasar por ella. Este mismo corresponsal, para poder obtener una audiencia con el cardenal Pacelli, tuvo que pasar por las horcas caudinas del examen severo de madre Pascualina.
Ella se sentía como la madre del Papa. Le protegía, le curaba, le consolaba y hasta le daba consejo. Ella cuidaba de algo que para Pío XII era sagrado: sus canarios. De hecho, en el libro que acaba de publicar antes de rnorir, sobre sus recuerdos, madre Pascualina cuenta de Pío XII que era tan respetuoso con sus pajaritos que un día, mientras estaba rezando con las manos juntas, uno de sus canarios se le posó encima de las puntas de los dedos. Y madre Pascualina subraya que el Papa estuvo inmóvil durante todo el tiempo que el pajarito quiso descansar sobre sus manos, "para no molestarlo".

Confidente privilegiada

Pero Pascualina Lehnert era además confidente de cosas mucho más importantes. Hay quien dice que muchas de estas colas se las ha llevado para siempre. Ha sido ella quien ha revelado por primera vez en su libro algo que siempre había quedado muy oscuro en la historia de las relaciones entre Pío XII y el nazismo, es decir, la matanza de los judíos y el silencio del Vaticano. Pascualina Lehnert cuenta que un día, estando en la cocina, se le presentó Pío XII con una carta muydura que había escrito al führer. Le pidió que encendiera la estufa porque quería quemarla. Madre Pascualina le preguntó que por qué no la enviaba, y el Papa le contestó que lo había pensado mucho y que había acabado renunciando por temor a las represalias que Hitler pudiera tomar contra los católicos. Vigilaba tanto por la salud de su Papa que era severísima, incluso con cardenales y jefes de Estado, durante las audiencias privadas. Cuando ella creía que ya habían hablado bastante abría la puerta y les decía que no debían cansar al "santo padre". Y todos acababan obedeciendo. Y es que esta mujer imponía a todos mucho respeto. Lo demuestra la siguiente anécdota: a la muerte de Pío XII, los curiales que no la soportaban pidieron en seguida que la alejaran del Vaticano. Hubo uno encargado de ir a pedírselo al cardenal Tisserant, que entonces era camarlengo. Éste despidió al emisario, enfadado, diciéndole: "Madre Pascualina es el único hombre de verdad que existe en el Vaticano".Luchó hasta el último momento para que a Pío XII se le concediera el honor de la gloria de Bernini, porque ella estuvo siempre convencida de que su Papa fue un santo. Ahora ya hay quien habla de canonizarles a los dos juntos. "Ideas del hombre y más .......".

vendredi 30 mai 2014

Felicidad

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jeudi 29 mai 2014

Isla Bermejo

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El misterio de la isla Bermeja

El islote aparece señalado en algunos de los mapas de los siglos XVI al XIX


Mapa de 1866 donde está señalada la isla Bermeja "Seno mexicano. Hija 1. Parte meridional". / DIRECCIÓN HIDROGRÁFICA. CARTOTECA DEL INSTITUTO GEOGRÁFICO NACIONAL
Tendría que estar ahí, a 100 kilómetros del noroeste de la península de Yucatán, en el Golfo de México, a 22 grados, 33 minutos latitud norte y 91 grados, 22 minutos longitud oeste. Ahí lo sitúa incluso Google Earth. Pero en ese punto no hay nada. La isla Bermeja se ha convertido en una isla fantasma. El misterio, en principio, no debería tener mayor trascendencia geopolítica. Se trata de un pequeño pedazo de tierra sin aparente importancia —descrita por el escritor Blas Moreno de Zabala en 1732 como un islote con agua limpia al sur, con piedras debajo del mar al este, y con un barranco color bermejo (rojizo) y poblado de árboles— pero si existiese significaría una mayor extensión del patrimonio marítimo de México y por ende, derecho sobre los yacimientos petroleros submarinos de la zona.
En junio del año 2000 el expresidente mexicano Ernesto Zedillo y el entonces jefe del Gobierno de Estados Unidos, Bill Clinton, pactaron las fronteras marítimas de ambos países. Cada país luchó entonces por un número mayor de millas náuticas. En este periodo el enigma de la Isla Bermeja se intensificó, y las teorías conspiratorias comenzaron a surgir.
Se barajaron todo tipo de hipótesis: la isla se hundió a causa de un maremoto, desapareció por el calentamiento global, fue dinamitada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), para que EE UU tuviera ventaja sobre el petróleo del lugar. Las dudas surgieron porque la Bermeja aparece señalada en los mapas de los siglos XVI hasta el XIX, e incluso está presente en un libro de las islas mexicanas de 1946 editado por su Secretaria de Educación Pública.
La primera referencia de la isla Bermeja data de 1536, según unainvestigación publicada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Alonso Chaves escribía ese año: “Isla en términos de Yucatán, es[…] pequeña y de lejos bermejea”. A partir de ahí la isla aparece en la mayoría de las cartografías del Golfo de México, a veces como Bermeja y otras como Bermejo. Las características a las que hacía referencia Blas Moreno de Zabala son, para el INEGI, dudosas, ya que en dicha zona las islas están formadas por arrecifes coralinos, “sin agua dulce y sin arboleda”. Desde 1775 las sospechas de la no existencia de la Bermeja comenzaron a brotar. No obstante, siguió presente en los mapas. En un texto de Guillermo Prieto de 1850 se lee: “Esta isla, que se sitúa en todas las cartas, es muy dudosa su existencia […]sin embargo, la colocamos en la carta en la latitud…”. Y en algunos mapas (como el de la fotografía) ya aparece un signo de interrogación junto al nombre.
Las inquietudes siguieron presentes entre los políticos mexicanos. En 2008 el Senado de la República mexicana solicitó al Gobierno que realizara una expedición para comprobar la existencia de la famosa isla Bermeja. El 20 de marzo de 2009 un grupo de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) zarpó en búsqueda del islote que, de existir, proveería de millones de euros al país azteca. Después de una semana de viaje, no hallaron nada. Ni en la superficie, ni en la profundidad. Dos expediciones más fueron encargadas, pero se llegó a la misma conclusión: la Bermeja no existe. Según el INEGI y el director del instituto de Geofísica de la UNAM, Jaime Urrutia, la idea de este islote se debe a un error cartográfico que se copió en los mapas posteriores sin que nadie lo verificara.
A pesar de que estas investigaciones parecen concluyentes, el Gobierno mexicano no parece tenerlo claro. Relaciones Exteriores considera el asunto demasiado delicado para dar una respuesta inmediata. Nadie sabe si ese islote bermejo, una tierra hasta ahora solo imaginada, con un barranco rojizo y un mar infinito al sur, flotó alguna vez en el Golfo de México.

mercredi 21 mai 2014

50 años

F,P,D Univers. "Ideas del hombre y más .......".